“Estimado
orador:
Tu
ego se convirtió en un muro que nos separa. Realmente no te interesas en mí,
¿no es cierto? Lo que más te preocupa es si tu discurso funciona o no… si haces
un buen trabajo o no. En realidad temes que no te aplauda, ¿verdad? Temes que
no me ría de tus bromas o que no llore con tus anécdotas emotivas. Estás tan
pendiente de cómo recibiré tu discurso que ni siquiera pensaste en mí.
Podrías
haberme encantado, pero estás tan sumido en tu amor propio que mis sentimientos
estás de más. Si no ten pongo atención es porque me siento totalmente
innecesario aquí.
Cuando
te veo con el micrófono, veo a Narciso mirándose al espejo. ¿Tiene la corbata
derecha? ¿El cabello bien peinado ¿Tu apariencia es impecable? ¿Tus frases son
perfectas?
Pareces
dominar todos los detalles a excepción del público. Observas con cuidado todo,
menos a nosotros. La ceguera que te impide vernos hizo que hagamos oídos sordos
a tus palabras. Ahora debemos marcharnos. Lo siento. Llámanos en otra
oportunidad. Regresaremos… cuando seas
lo suficientemente real como para vernos… cuando tus sueños e hayan
desesperado, comprendas los efectos de tu arrogancia. Sólo entonces habrá un
lugar para nosotros en tu mundo. Ya no te importará si te aplaudimos por lo
brillante de tu actuación, porque serás uno de nosotros.
Entonces
derribarás el muro levantado por tu ego y utilizarás esas mismas rocas para
construir un puente y establecer una cálida relación con nosotros. Nos
reuniremos contigo en ese puente. Entonces te escucharemos. El público escucha
con gusto a los oradores que lo comprenden,
Tu
público”
Calvin
Miller en su libro The Empowered
Communicator citado por Maxwell, John C. El Poder de las Relaciones. Estados Unidos de América, Nelson,
2010, p. 35-36.
No hay comentarios:
Publicar un comentario